Capítulo 20: Ayuda II

Eran las dos de la tarde y una ambulancia corría en dirección al hospital más cercano, llevando a un paciente que nunca pensó que algo así le ocurriría.

-¿Pulso?

-Estable.

-¿Fuera de peligro?

-Esperemos que sí.

Los paramédicos hablaban entre sí, mientras aquella persona, inconsciente, no sabía qué ocurría a su alrededor.

Una hora antes...

Una madre y su hija caminaban tranquilamente.

-Mamá, ¿te ayudo?

-No te preocupes, yo puedo.

Con una sonrisa, la señora Bárbara tomó las bolsas con las compras hechas en la feria y comenzó a andar. Su hija Barbarita iba a un costado.

La casa no estaba cerca, pero a ella le gustaba salir a pie para distraerse un poco. Hacía días que se estaba sintiendo un tanto agotada. Aún así, siguió cargando las bolsas. Y cada cierto tiempo, las dejaba en el suelo para "tomar aire". Llevaban alrededor de diez minutos recorridos cuando alguien las vio y las comenzó a seguir.

El extraño tenía un mechón de pelo negro sobre su ojo izquierdo. Al fijarse en ellas, lo movió un poco hacia el lado con un rápido gesto de su cabeza, metió las manos en los bolsillos y comenzó a apurar su paso para alcanzarlas. Caminaba con un raro andar. Cojeaba. Pero aun así, las alcanzó en el momento en que, otra vez, ella dejaba las bolsas en el suelo.

La señora Bárbara abrió los ojos desmesuradamente cuando notó que alguien tomaba las bolsas que había dejado y trató de quitárselas. Pero no lo logró.

-¿La ayudo?

-¡Alejandro! Tanto tiempo. Bueno, ayúdame si quieres.

Barbarita se sonrojó al ver al amigo de su hermano Diego. Hacía mucho que no sabía de él. Nunca se enteró del accidente.

-¿Puedes...?

-Sí. Sólo me duele un poco cuando hace frío. Pero puedo.

Siguieron caminando, conversando de sus vidas.

-No sabía que estaban acá. ¿Por qué no me avisó Diego?

-¿No han hablado?

-En realidad, hace mucho que no sé de él. Como que perdimos contacto.

-Él no volvió con nosotros. Se quedó estudiando allá.

-Ni siquiera eso sabía...

Al llegar a la casa, los tres comenzaron a despedirse en la reja del antejardín cuando oyeron la puerta de la casa. Furioso, Felipe la abrió de un golpe, mientras gritaba a todo pulmón.

-¡Qué hace él acá!

Pero fue todo lo que dijo. Sólo dio un paso más cuando salió y cayó desplomado en las baldosas de la entrada.

Varios minutos después, y luego de que Alejandro llamara al hospital, los paramédicos subían a la ambulancia al hombre que, con un fuerte olor a alcohol, había sido víctima de un pre infarto.

Continuará...