Hace diecisiete años, en la fría sala de un hospital público, una señora daba a luz a un hijo que no quería tener. No porque fuera una mala madre. Ella ya había tenido tres hijos antes de él.
Sucedía en este caso que, cuando nació su bebé, ella había quedado viuda cuatro meses antes. "Una pena", todos comentaban.
Pero los mismos que decían que era algo lamentable el tener que criar cuatro hijos por sí sola y sin ayuda alguna, le dieron la espalda cuando éstos comenzaron a crecer.
La situación era insostenible. A duras penas trató de criarlos y trabajar al mismo tiempo. Pero no lo logró.
A medida que iban creciendo, sus hijos, lejos de auxiliarla, la dejaban abandonada a su suerte. Tarde, mal y nunca los veía. Y así fue como se quedó con el último de ellos. Aquel que le recordaba el rostro del marido que tanto amó y que le hizo tanta falta.
Trató de llevar a su retoño por el buen camino. Tarea difícil cuando debía salir a conseguir algo de sustento para el hogar.
Su ausencia comenzó a notarse cuando el menor dejó sus estudios. Se suponía que era para trabajar y ayudarla económicamente. Pero ella nunca vio dinero alguno. Es más, tenía que seguir costeando los gastos que un hijo vago generaba en casa.
Todos los días le gritaba para ordenarle que buscara un empleo. Él no lo consiguió. O al menos, no el que ella hubiese esperado. Aunque ni siquiera imaginaba cuál podría ser. Todas las noches veía la misma rutina: su hijo salía y no volvía hasta altas horas de la madrugada, para dormir luego durante la mañana y en las tardes levantarse para salir con sus amigos.
Una noche, hacía ya casi cinco meses, lo vio llegar temprano. Él venía algo alterado. Se notaba que había corrido mucho. Y cuando vio que en una de sus manos tenía sangre, le preguntó qué sucedía.
-Nada.- Fue toda la respuesta que obtuvo.
Ella no quiso ahondar más. Estaba algo cansada y sólo quería dormir para salir a trabajar temprano en la mañana.
No se sorprendió cuando no lo encontró al volver de su trabajo. Tampoco se sorprendió al notar que él no volvió esa noche. Tampoco se sorprendió al no verlo llegar al día siguiente.
Pero sí se preocupó cuando ya había pasado una semana y él no aparecía por la casa. Por eso, fue hasta la comisaría más cercana y le dijeron que hacía dos noches habían llevado hasta allí a un joven con sus características pero que había salido luego de comprobarse su no participación en un asalto.
Acongojada, ella se retiró, esperando que aquel hijo que no podía ver a la cara, pero que sin embargo amaba, llegara al hogar. Esperó y esperó.
La mañana en la que él salió libre, fue a causa de un joven adulto que mintió, al decir que habían pasado la noche juntos en una fiesta.
-Gracias.
-Tienes suerte. Hoy pude venir, pero no siempre estaré contigo.
Se despidieron. Y mientras uno cruzaba la calle y seguía su camino, el otro caminaba en sentido contrario por la vereda del frente. El último tenía razón.
Aquel día, cuando ya anochecía, el joven decidió que volvería a su antiguo oficio. Necesitaba dinero. Y fue así que se sentó como siempre en una banca de la plaza de la ciudad.
Tarde en la oscuridad, un auto se detuvo y le hizo la señal acostumbrada. Él se acercó, saludó, sonrió, dio la vuelta y entró.
-Brian.- Respondió cuando le consultaron su nombre.
El mismo nombre que su madre repetía todas las noches, llorando en cada oración que elevaba, para pedir por el hijo que no volvió.
Continuará...
Capítulo 22: Espera
domingo, mayo 08, 2011 |
Etiquetas:
Volumen 02: Karma
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada