Una pareja decidió un día salir a pasear por la ciudad, conversar un poco sobre cualquier cosa y luego pasar a un restaurant para beber algo.
Ella tomó un té con endulzante. Él, un café con dos de azúcar.
Hablaron y rieron felices, mientras él le tomaba a ella sus manos y ella lo miraba con ojos de amor.
Cuando notaron que ya era tarde, pidieron la cuenta y se fueron de allí.
Al día siguiente, unos compañeros decidieron compartir un momento a la salida de su horario de trabajo.
En el grupo estaba el joven de la pareja del día anterior, quien, sentado en la misma mesa del mismo restaurant, tomó un café con dos de azúcar.
Todos conversaron alegremente mientras se dedicaban a hablar mal del jefe, a comentar la vida de los compañeros que no habían querido ir y a quejarse de sus labores diarias en la oficina.
Cuando notaron que ya era tarde, pidieron la cuenta y se fueron de allí.
Al día siguiente, en la misma mesa del mismo restaurant, un joven esperaba con un poco de impaciencia que lo atendieran.
Luego de que sirvieron su orden, tomó un café con dos de azúcar.
Pero él no estaba allí porque le gustara la vista que tenía desde la mesa en la terraza. Ni tampoco porque el café que le servían fuera uno de los mejores.
De hecho, estaba tan nervioso que aún tenía la mitad de su taza servida cuando pidió la cuenta. Sin embargo, lo hizo porque era el momento que esperaba.
Tal como los días anteriores, el mismo mozo que lo atendiera le sonrió amablemente, recogió el dinero, volvió con el vuelto, se despidió con otra sonrisa y lo dejó terminar su café antes de regresar a retirar la propina.
Cuando lo hizo, en lugar de las monedas acostumbradas, había un símil de tarjeta con un nombre, un número de teléfono y una escueta frase.
-Llámame.- Leyó el garzón y sonrió al guardar aquel papel en su bolsillo.
Dos días se demoró en decidirse si llamar o no. Y lo hizo. Fue así como Fernando conoció a su nueva pareja.
Lo diferente en esta oportunidad, fue que él no dio el primer paso. Esta vez, en lugar de conquistar utilizando su trabajo, fue él el conquistado en el sitio donde se desempeñaba como mozo luego de haber sido despedido, dos semanas antes, de la agencia de promotores.
Sin decirlo, aquel movimiento le gustó. Y la timidez, la impaciencia y la decisión de su pololo al momento de dejar a su novia, lo fueron atrayendo cada vez más, hasta que un día, cuando cumplían dos semanas saliendo, fue capaz de contestar lo que por principio no se atrevía y evitaba.
-Yo también.- Respondió cuando le dijeron un "Te quiero".
Feña no podía estar más feliz. Tenía un trabajo estable y un pololo que lo quería y que era la envidia de los amigos con los que acostumbraba a juntarse.
-¿Te gustaría salir hoy a bailar?- Preguntó Fernando.
-¿Y por qué?
-Para celebrar, ¿para qué más? ¡Hoy cumplimos un mes!
-Jejeje. Sí lo sé. Sólo quería saber si te acordabas.
-Claro, cómo me iba a olvidar. Por eso te lo pregunté.
-Bueno, salgamos. Pero solos. Quiero tenerte para mí, sin tus amigos.
La vida de Fernando, definitivamente, había cambiado.
Y como nadie lo hubiera esperado, había cambiado para bien.
Continuará...
Capítulo 29: Cambio
miércoles, julio 13, 2011 |
Etiquetas:
Volumen 02: Karma
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