-¿Mamá?
-¡Hijo!
La señora Gladys salió por la puerta que conectaba el almacén con su casa y fue corriendo a abrazar a Ricardo.
-No pensé que te vería hoy.
-Pero si siempre vengo.
-No siempre. Cada vez pasas más tiempo en la pensión, que ya me acostumbré a que algunos fines de semana ni te apareces por acá.
-Si quieres me voy.
-No, no. ¡Cómo se te ocurre! ¿Comiste ya? Puedo hacerte algo.
-Sí, ya comí antes de venir. Pero nunca está de más almorzar algo preparado por ti. Te acompaño en la cocina por mientras.
Ricardo había viajado de improviso ese sábado a ver a su madre. Se le ocurrió hacerlo al ver a Diego armar su bolso e irse a casa en la mañana. Al menos, él vivía más cerca y podían pasar más tiempo juntos, que su amigo con la suya.
Sabía que viendo a su mamá y conversando con ella, se le olvidaría, aunque fuera por un momento, el pequeño malentendido que había tenido con Francisca.
-¿Cómo te ha ido en clases?
-Bien, bien. Pero como sólo ha pasado un mes de este semestre, todavía no tengo notas.
-Ojalá sean mejores que las del anterior.
-Pero mamá, si eran buenas. Pasé todos los ramos.
-Pero tú sabes que siempre espero más de ti.
-Lo sé. Así como sé que te gusta hacerme rabiar.
-Eso es porque te quiero.
-Oye, y las cosas por acá, ¿cómo han estado?
-Igual que siempre. Mucho trabajo en la casa. Otro poco con el almacén. No tengo mucho tiempo para mí. Tú sabes que a veces me haces falta.
-¡Claro, como yo no soy de mucha ayuda!- En otro lado, alguien gritó.
Gladys y Ricardo dejaron de hablar y se miraron un momento. En sus ojos se notaba una mezcla entre complicidad, sorpresa y molestia.
Luego, caminaron al living de la casa, desde donde provino el grito.
-Hola Javier, ¿cómo estás?- Lo saludó Ricardo.
-¿No te aburres de preguntar siempre lo mismo?- Contestó Javier.
-¿Y tú no te aburres de andar siempre de malas?
-No, hermanito. Mientras esté así, no me voy aburrir de andar de malas.
Javier no dijo nada más, giró su silla de ruedas y se retiró del lugar.
-No me gusta verlo comportarse de esa manera.
-Mamá, llevas años diciendo lo mismo. Ya es hora de irse acostumbrando, ¿no?
-No creo que lo haga. Me duele verlo así. Pero no lo digo por la silla. Es más que nada por su ánimo.
-Bueno, en cierto modo, él se lo buscó.
-No, hijo. No creo que nadie busque el sentirse una carga para los demás.
Continuará...
Capítulo 04: Carga
lunes, octubre 24, 2011 |
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Volumen 03: Pasado
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