Veintiún años antes...
Había dos mujeres que vivían en la misma ciudad, pero que no se habían visto, ni por casualidad, en la calle. Nunca en sus vidas habían tomado el mismo medio de transporte. Y ni siquiera habían coincidido en el supermercado, como suele pasar en ciudades no tan grandes. Ambas mujeres se hallaban en el mismo tiempo y espacio, sin conocer una la existencia de la otra.
Y sin saber que tenían en común algunos detalles.
Las dos amaban el kuchen de manzana que vendían en la pastelería más famosa del centro de la ciudad. No tenían problemas con el azúcar, por lo que cada semana compraban uno en ese lugar. Aunque no iban el mismo día.
Las dos fueron operadas de las amígdalas. Casi no recordaban su estadía en el hospital, pero sí recordaban que habían comido mucho helado, cuando estuvieron en casa, por recomendación del médico. No fueron operadas en el mismo mes.
Las dos conocían a Teresa, una tierna señora de la tercera edad que trabajaba en una oficina, la cual les fue presentada el mismo año.
Salvo esos tres detalles, sus vidas eran completamente distintas. Una era hija única, mientras que la otra tenía dos hermanos mayores. Una era menor que la otra por casi una década. Una estaba soltera mientras la otra se había casado por el civil y por la iglesia.
Y una podía tener en su vida lo que a la otra le era casi imposible.
La menor de las dos, cuando tenía dieciséis años, quedó embarazada sin querer.
La mayor de las dos, cuando tenía veintiséis años, supo que quizás nunca podría tener hijos propios.
Siendo hija única, en una familia bastante conservadora, la joven embarazada se vio en la difícil situación de entregar, casi obligada por sus padres, a su pequeño hijo, en adopción.
Siendo una mujer casada que lo único que quería era ver crecer la familia que había formado, la joven que no podía tener hijos decidió, junto a su esposo, que adoptaría a su primer niño.
Luego de todos los trámites habidos y por haber, la madre biológica dejó a su primogénito en el centro de adopción.
-Mi niña, ¿estás segura de lo que estás haciendo?- Preguntó Teresa.
-No. Pero es lo que debo hacer. Pablito estará mejor con otra familia.
-¿Pablito? Te dijimos que no hicieras lazos, y aún así le pusiste un nombre...
-Siempre me gustó y dije que alguna vez llamaría así a un hijo.
La menor sonrió, antes de decir adiós a su niño y retirarse, llorando de tristeza, del lugar.
Luego de todos los trámites habidos y por haber, casi nueve meses después, llegó la joven pareja al mismo centro.
-¿Están seguros de lo que están haciendo?- Preguntó Teresa.
-Completamente. Esto ha sido como un parto por todo lo que se ha demorado y la espera sí que vale la pena.
-Se nota que quieren mucho a Pablito.
-No lo queremos, lo amamos.
La madre adoptiva sonrió, antes de despedirse de su futuro niño y salir, llorando de alegría, del lugar.
Ambas mujeres eran muy distintas. Y salvo el kuchen de manzana, la falta de amígdalas y Teresa, no hubieran tenido nada más en común, de no ser por un pequeño niño llamado Pablito, que pasó de las manos de una a las de la otra.
Un niño que, por esas diferencias, oficialmente, nunca llegó a llamarse así.
Continuará...
Capítulo 05: Flashback I
lunes, octubre 31, 2011 |
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Volumen 03: Pasado
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